Intervención del Legislador Dr. Sisto Teran Nougues en la H. Legislatura de Tucuman
- Señor Presidente:
Tócame en suerte hacer hoy una especie de exégesis de la simbología del quehacer que estamos desarrollando.
La exégesis es el arte de interpretar, de entender qué se hace; la simbología son las manifestaciones externas que nos dan una pista del sentido esencial de las cosas.
Expresado de otra forma, voy a intentar explicar el porqué y el para qué estamos haciendo lo que estamos haciendo.
Se trata, ni más ni menos, que de indagar respecto de la causalidad, la motivación de nuestro quehacer y la teleología o la finalidad de nuestro accionar.
Sobre este particular, la mejor forma, la más natural forma de interpretar que los seres humanos tenemos cuando de conceptos abstractos se trata, es la de aplicar el sistema de interpretación metafórica.
¿Qué es la metáfora, elemento de interpretación que los escolásticos llevaron a su grado máximo de perfección? Es, ni más ni menos, que tratar de entender el mundo de lo abstracto tomando como base las cosas concretas.
¿Qué más concreto que el cuerpo humano? Es por eso que naturalmente todas nuestras interpretaciones parten inicialmente de lo que se denomina una interpretación antropomórfica de la sociedad, del mundo y de la existencia. Le damos a todo lo que es abstracto formas humanas. Inclusive por eso nos resulta mucho más aprehensible y querible que el concepto metafísico del Primer Principio o de la Causa Incausada, la imagen del Buen
Dios, Padre de la luenga barba blanca que nos resulta aprehensible y querible.
Por eso, cuando se nos pregunta qué es Tucumán, la imagen más sencilla que se nos produce prima facie es la de entender a Tucumán como un joven, resultante, diría un Abel Posse, "del amasijo de sangre y lodo entremezclados a lo largo de centurias de pasiones desbordadas, emociones contenidas y razones ignoradas".
Ese Tucumán, ese cuerpo, ese joven mozalbete del que todos somos partes, los que fueron, los que somos y los que serán, tiene, en su composición física material hecha por la abstracción de esta metáfora, un elemento que le permite latir, un elemento que le permite vivir, que es el fluido vital que por sus arterias recorre.
Ese fluido vital es el cuadro o plexo normativo, lo que nosotros, los legisladores -de estos tiempos, de los pasados y los futuros- hacemos, constituye el fluido vital del cuerpo social denominado Tucumán.
Ahora bien, ese cuerpo social, al igual que el cuerpo humano, está sometido a la mutación perpetua que el tiempo le inflige. Y es por eso que continuamente debe aggiornarse, debe modificarse, porque viene cambiando porque el tiempo lo cambia. Y esas arterias han ido de alguna manera padeciendo una especie de esclerosis como producto de un sedimento de normas legales cuyos objetos han sido cumplidos, cuyos intereses ya han sido satisfechos, cuyas pasiones ya han sido calmadas o que se han modificado a lo largo del decurso del tiempo.
El problema que tienen todas las sociedades con sistemas legales como el nuestro, es que al tener sistemas legales basados en la norma escrita codificada, de no hacerse esta tarea, se sobrecarga al cuerpo social con un inadecuado sobrepeso de normas que le hacen difícil su tránsito.
Por eso se dice que la raíz de la labor que estamos haciendo es un Digesto, es "digerir", es eliminar todos los sedimentos impropios para, no enterrarlos en el olvido, sino simplemente para permitir el fluido vital de lo que hace al quehacer de las funciones diarias sea más asequible, más fácil, y más permisivo.
Esta es la tarea, este es el porqué se emprende esta tarea.
Ahora, esta tarea, como la de todo cuerpo social, debe enmarcarse dentro de un contenido temporal: el tiempo, "esa materia -que decía Borgés-, de la que todos estamos hechos", también afecta a Tucumán y una de las preocupaciones vitales que angustiaba a San Agustín en sus inicios filosóficos, era el tratar de entender la materia del que el tiempo estaba hecho y no entendía nuestra preocupación porque sostenía, en los albores de sus pensamientos, que el tiempo siempre era tiempo presente, porque era el único que era, ya que el pasado, al dejar de ser, ya no es y el futuro, al no ser todavía, aún no es. No entendía entonces él esta humana preocupación que tenemos por salvaguardar el pasado y prevenir nuestro futuro. Esta, en el decurso de sus estudios filosóficos, termina siendo la razón de su conversión al cristianismo y le da lo que se denomina el espíritu o sentido trascendente de sus cosas. El, yendo a este meollo de la cuestión, qué dijo: "para poder salvarnos de la barbarie del tiempo, tenemos que apelar a tres órganos esenciales: el primer órgano, es el órgano de la memoria, con ese salvamos el pasado. El segundo órgano, es el órgano de la visión, con ese vemos el presente. Y el tercer órgano -le llama, a pesar de que no se trata de un órgano físico- es la esperanza, con ese construimos nuestro futuro".
En ese sentido se inscribe este trabajo. Hemos querido, de alguna forma, preservar nuestro pasado. Todo lo que aquí se ha hecho, no se ha hecho en vano, por algo fue hecho.
Todo ha sido salvado y preservado; no hay norma alguna que se extinga, todas ellas configuran el cuerpo histórico de este Digesto. Todas ellas las más nimias, las más pequeñas, las más trascendentes allí están. Cuando alguien quiera ver nuestro pasado, va a estar plasmado de manera concreta y efectiva, habremos salvado nuestro pasado.
Y en relación a nuestro futuro, al construir este presente de un Digesto Jurídico, estamos regalándoles a las posteriores generaciones un futuro más simple. Todo el quehacer legislativo debe tener por finalidad, la mejoría de la calidad institucional, la mejoría de la vida de los seres humanos y la mejoría esencialmente de la simplicidad de las normas que sancionamos.
Ese es nada más y nada menos que la interpretación simbológica del trabajo que hoy hacemos: le queremos regalar a las futuras generaciones un compendio normativo más simple. Y ese compendio normativo más simple se trasunta en dos cosas que son fundamentales: la primera, la comprensión se hace más sencilla. Cuando todas las normas se apilan desordenadamente, las unas encima de las otras, entenderla se hace difícil; después del Digesto, entender las normas se va a hacer más fácil.
Y la segunda es que la vida diaria de los tucumanos va a cambiar después de esta ley del Digesto y va a cambiar en muchos sentidos. Ya, los primeros compradores del nuevo Digesto han de ser todos los estudios contables, por la sencilla razón, de que por vez primera va a haber una depuración absoluta de todas las normativas tributarias y van a tener un acceso simplificado a lo que constituye la esencia de su trabajo cotidiano.
Es por eso que estas palabras se pronuncian al solo y único efecto de destacar que no estamos inmersos en un trabajo meramente académico, sino que estamos haciendo algo práctico, algo útil, algo que le sirve a nuestros conciudadanos. Dentro de ese marco de practicidad, sin quererlo también hacemos historia. Y es por eso que me congratulo, porque destaco algo que es muy especial de esta Honorable Legislatura: es, creo, una de las contadísimas excepciones en las que el resultado de un trabajo es producto previo de la colaboración de la totalidad de los integrantes de este Cuerpo, anexada a todo lo que significa el personal legislativo, lo que significan los asesores, las universidades que han colaborado.
No hay aquí ningún legislador que pueda no ser considerado como parte vital de este proyecto. Todas y cada una de las comisiones han revisado los textos, han efectuado sus aportes y es por eso que este trabajo, más allá de la impronta de sus generadores, cual es el caso de Juan Manzur o de José Alberto Cúneo Vergés, más allá de esa impronta personal indispensable e imperativa sin la cual el trabajo no se habría llevado a cabo, este es el resultado del trabajo de un todo, de un conjunto, de un Cuerpo que se expresa con el nombre de Honorable Legislatura, intentando regalarle a los tucumanos un futuro de normas más simples y mejores. Muchas gracias, Señor Presidente.
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