Intervención del Dr. José Luis Bussi en la H. Legislatura
- Señor Presidente:
Cuando se inició el mandato de los legisladores que
integran este Cuerpo, se tomó la decisión política, a través de las autoridades de la Legislatura de Tucumán, de realizar un cambio de la filosofía organizacional y de la actividad legislativa misma.
Los proyectos que integran este proceso de cambio implican la modernización, digitalización, capacitación, optimización de procesos, una mayor participación de la comunidad; este Digesto Jurídico que implica una democratización del Derecho, también el tratado de Derecho Parlamentario que estamos realizando a través de una editorial "La Ley", y la construcción de un edificio propio del que carece este Cuerpo.
Todas estas acciones han sido enmarcadas en el programa de homenajes al Bicentenario de Juan Bautista Alberdi.
Es por ello, señor Presidente, que este legislador pretende rendir tributo al más ilustre de los tucumanos, su nombre alude a uno de los intelectos más brillantes de la Historia patria y evoca, indefectiblemente, a la organización constitucional del país. Su obra se sintetiza en exquisitez sublime, mediante la fórmula, pensamiento para la acción.
Hemos elegido certeramente esta fecha, señor Presidente, para presentar ante la comunidad de nuestra Provincia el Digesto Jurídico tucumano. Tucumanos lo han pensado, tucumanos lo damos a luz. No podemos haber rendido mayor honor a su obra y legado, sino realizando este trabajo, del que podrán sentirse orgullosos nuestros comprovincianos.
En la Historia Argentina no hay figura que incite a ser tratada desde múltiples facetas, como Alberdi, como escritor, literato, filósofo, poeta, diplomático y sobre todo como hombre de Estado.
Alberdi es un tema inagotable, que adquiere insuperable trascendencia y más aún, indiscutible vigencia. Fue un pensador solitario, casi siempre en el exilio y algo así como una piedra preciosa extraída de una mina al decir de Juan B. Terán: "Alberdi, que pensó la Argentina en la palabra, no encontró nunca un lugar en su tierra. Estuvo siempre por fuera, como un desterrado y sin embargo en toda su obra, jamás salió de ella".
Alberdi era complejo, tenía aristas, estaba dotado de una sublime sensibilidad, era delicado en la expresión. Hizo un culto del buen gusto en todas las cosas. No obstante, se supo protagonista de una generación en que las glorias guerreras debían dejar paso a la organización del país. Y fue consciente de ello, por eso expresaba: "La victoria de Monte Caseros, no coloca por sí sola a la República Argentina en posesión de cuanto necesita..."
Tomó la pluma y escribió: "...la victoria nos dará laureles, pero el laurel es planta estéril para América. Vale más la espiga de la paz, que es de oro, no en la lengua del poeta, sino en la lengua del economista. Ha pasado la época de los héroes, entramos en la era del buen sentido. El tipo de grandeza americana no es Napoleón, es Washington, y Washington no representa triunfos militares, sino prosperidad, engrandecimiento, organización y paz. Es el héroe del orden en la libertad por excelencia".
Fue un pensador, quizás más que el pensador el demiurgo que vislumbró, por un lado, una Argentina inserta en el mundo contemporáneo, y por otro, una metodología: "Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina", derivados de la ley que preside el desarrollo de la civilización en la América del Sud y del Tratado del Litoral de 1831. Para lograr aquella Argentina del progreso, según Alberdi, "no había que poner tanto el acento en los fines como en los medios para llegar a la verdad de esos fines".
En América, concretamente, las constituciones debían ser medios prácticos para sacarlos del estado oscuro y subalterno en que se encuentran y debían expresar las necesidades del presente y no de todos los tiempos; ellas debían servir para "colocarlas hoy de un modo y mañana de otro, según las necesidades de la construcción".
Consideraba, sin duda, que la humanidad se encaminaba por un sendero indefectible de progreso, pero que cada nación, dadas sus particularidades, debía adoptar los recaudos más convenientes para alcanzar dicho progreso.
Analizaba certeza y objetivamente las circunstancias de tiempo y lugar en que se encontraba nuestro país, y propuso un programa pormenorizado para zanjar los defectos.
Procuró introducir elementos de cambio en la cultura local, dejó atrás los ecos de la guerra y la repulsa por la Europa usurpadora, para ahora tentarla con las mayores garantías jurídicas posibles, con el propósito del progreso a través de la inmigración, los capitales, el comercio, en un clima de libertad y seguridad individual.
Abogaba y promovía el surgimiento de una inteligencia política práctica que desplazara a las pasiones y configurara una nueva sociedad civil, generadora de nuevas formas instituidas.
Desde la República posible que él bosquejó, se daría el salto hacia la República verdadera.
Fue, en su estilo tan particular, un auténtico protagonista de la Historia: sin presencia física -como Sarmiento-, sin apego al suelo -allí estaba Urquiza-. Alberdi contribuyó, como sabía hacerlo, con la palabra de un ausente.
Este hombre, que nació con la patria, se tuteó con la Historia y decidió orientar su rumbo.
Ya en el discurso, pronunciado en el día de la apertura del Salón Literario, Alberdi había esbozado los fundamentos de su concepción. Decía: Si os colocáis por un momento sobre las cimas de la historia, veréis al género humano marchando, desde los tiempos más primitivos, con una admirable solidaridad, a su desarrollo, a su perfección indefinida. Todo, hasta las catástrofes más espantosas, al parecer vienen a tomar parte útil en este movimiento progresivo. El desarrollo, señores, es el fin, la ley de toda la humanidad; pero ésta ley tiene también sus leyes. Todos los pueblos se desarrollan necesariamente, pero cada uno se desarrolla a su modo, porque el desenvolvimiento se ofrece según ciertas leyes constantes, en una íntima subordinación a las condiciones del tiempo y del espacio. Y como estas condicionesno se reproducen jamás de manera idéntica, se sigue que no hay dos pueblos que se desenvuelvan del mismo modo.
El fundamento teórico del que partía Alberdi era la fe en el progreso, y el reconocimiento del desarrollo propio de cada pueblo, en el que entra en juego la libertad del hombre.
No le interesaban los enfrentamientos personales, ni las cuestiones particulares.
Además, no sólo vislumbró unas formas teóricas, sino que orientó su realización.
No se contentó con indicar los objetivos, sino que señaló también el camino.
Se introdujo en el terreno práctico de lo posible. Sus propuestas eran recomendaciones para la acción.
Dos ejemplos ilustran lo que afirmo: En materia de legislación, no era cuestión abordar reformas absolutas y radicales; ellas no serían coronadas con el éxito. Era necesario que el país adquiriera su propio tiempo y su ritmo de crecimiento, decía: Las reformas parciales y prontas son las más convenientes.
Es la manera de legislar de los pueblos libres.
Y por otro parte, él sostenía que había que combatir el desierto y el atraso en permanente sentido con la oportunidad. El proyecto fue elevado en el momento en que un hombre del litoral dirigía los destinos del país.
Don Justo José de Urquiza quería lograr la organización constitucional, ella era su objetivo, la bandera de su accionar. Alberdi le envió "Las Bases".
Fue "Las Bases" en gran medida el libro que instrumentó la Constitución. Tal vez su fuerza radicara en ser un sistema posible, en su estructura y su método, en el que estaban contenidas muchas de las ideas que infructuosamente en distintas oportunidades se había intentado.
Su éxito, sin duda, se configura al reunir en metódica síntesis las ideas tanto unitarias como federales que habían dividido al país en el pasado, instrumentando con éxito un sistema operacional de Gobierno apropiado al momento histórico y a los requisitos del futuro para lograr el progreso del país.
Por eso, inmediatamente pasaba a ocuparse de las exigencias propias del hacer y abordaba la cuestión de la tolerancia religiosa, en un marco de apertura, de manera que sirviera para atraer al extranjero, a sus capitales, a sus empresas, a su cultura y también, por supuesto, para contribuir al logro de la transformación.
Según él, "... la planta de la transformación no se propaga de semilla. Es como la
viña: prende de gajo..."
Pensamiento para la acción. Vaya privilegio el mío, señor Presidente, evocar a Alberdi en el año del Bicentenario de su natalicio representando al pueblo de la provincia de Tucumán, integrando la Comisión de Digesto Jurídico y presentando en consecuencia una nueva legislación siguiendo sus huellas.
No puede haber obra más acabada de sus enseñanzas que la que realizamos en este Cuerpo legislativo.
Al señor de la lacia melena y la grave mirada, como lo recuerdan los suyos, le dedicamos este Digesto Jurídico de la Provincia de Tucumán. Muchas gracias, señor Presidente.
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