Las principales economías del mundo sufren una crisis estructural de gigantescas proporciones que puede ser definida como una" gran depresión".
Este desplome de un sistema económico financiero basado en la especulación, que pregonaba el "dejar hacer" a la "mano invisible del mercado" que todo lo ordenaría, dejo como saldo la mas fenomenal recesión del mundo moderno.
Fracasadas las teorías neoliberales en boga en los años 90, hoy el vilipendiado Estado recupera el rol que no debió perder jamás, y debe socorrer a las empresas en crisis, en especial a los bancos después de las burbujas financieras construidas a costa de las economías nacionales y del bienestar de la gente, en casi todos los rincones del mundo.
Volvió el Estado a ser protagonista y su retorno en el mundo y en nuestro país, plantea una pregunta de hierro:
¿Quiénes serán los beneficiarios?
¿Serán los pueblos, los hombres y mujeres castigados y arruinados, los que menos tienen, los que trabajan, los que crean riqueza y bienestar, los que invierten en la producción o los que se beneficiaron con el desguace del Estado e incentivaron la puesta en marcha de este sistema perverso, que colapsó dejando a millones de personas arruinadas y en la desesperación?
Este debate recorre el mundo entero, desde el centro mismo de las economías de los países desarrollados hasta las periféricas, como las de nuestro país. Si no se discute esto, que es la base de la distribución de la riqueza tan proclamada y tan poco practicada, no se movilizaran a todas las fuerzas de la sociedad para el gigantesco esfuerzo de reconstrucción de la trama de las sociedades y se profundizará la disgregación social con su secuela de calamidades.
En este marco se inscriben los nuevos discursos de los líderes mundiales que hoy reprimen y reprochan el individualismo caníbal carente de solidaridad de muchos de los responsables de esta crisis. Basta escuchar a Barack Obama y a otros miembros del G8 para confirmar esto.
No son "los antiguos caudillos del tercer mundo" los que hablan de distribución de la riqueza y del esfuerzo y que el Estado debe fijar las prioridades en función de las necesidades de la gente, sino que son los mismos líderes del primer mundo desarrollado los que claman por políticas de desarrollo y distribución, con una amplia participación del estado.
Aunque lamentablemente, algunos empiezan a mostrar signos de debilidad frente al poder factico de las grandes corporaciones y grupos de poder hiperconcentrados que los hacen retroceder en sus propias promesas y convicciones. El caso del Presidente Barack Obama es emblemático.
A veces, se tiene la impresión que a pesar de la traumática experiencia vivida, nada les dejo como enseñanza a los responsables de haberla generado. Debemos aprender de una buena vez que se trata de intereses en pugna que no pueden ser "consensuados" y que tan solo se resuelven en el marco de la lucha política de las grandes mayorías, en contra de minúsculas, pero poderosas oligarquías y sus gerentes y sirvientes, a los que no les importa ver un mundo desbastado por el hambre y las guerras, si es en beneficio de sus mezquinos intereses.
Históricamente el justicialismo ha proclamado que el estado no debe ser ni chico ni grande, debe tener el tamaño que demanda la vigencia de la justicia social y el desarrollo, sin olvidar que también es mandato fundamental fortalecer las organizaciones de la comunidad. Solo se trata de nuestra vieja consigna de tener una economía al servicio del hombre e instituciones que recogiendo el producto social de cada época, se adapten y desarrollen, para garantizar la equidad, la justicia, la libertad y la soberanía nacional y popular. Esto es, profundizar y consolidar una democracia participativa y moderna, donde lo formal e institucional esté al servicio de un proyecto de nación justa, libre y soberana.
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